En el mundo de la fe, pocas tradiciones generan tanto debate como el bautismo de niños. Para muchas familias, bautizar a un recién nacido es un acto de amor y protección, una forma de asegurar su lugar en el Reino de Dios. Sin embargo, cuando analizamos las Escrituras y las palabras de Jesús, surge una pregunta inevitable: ¿Es realmente el bautismo un requisito para que un niño entre en el Reino de los Cielos?
El Reino de lo Cielos ya les pertenece
Jesús fue tajante al respecto: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios" (Marcos 10:14). En ningún momento del relato bíblico vemos a Jesús exigiendo un rito de purificación para los pequeños que se le acercaban. Al contrario, los puso como el modelo a seguir para los adultos.
La problemática del bautismo infantil surge cuando se enseña que, sin este rito, el alma del niño está en peligro. Esta idea se basa en la doctrina del pecado original, pero choca con la imagen de un Dios de gracia. Si los niños son el estándar de pureza para el Reino, resulta contradictorio pensar que un ritual externo sea el que les otorgue el acceso que Dios ya les dio por su propia naturaleza inocente.
El rol de los padres: Dedicar a los niños vs. Bautizar
Ser padres responsables en la fe no implica imponer un sacramento que el niño aún no puede comprender. En la Biblia, el modelo predominante es la dedicación. Presentar a un niño ante la comunidad y ante Dios —como hicieron María y José con Jesús— es un compromiso de los padres para guiar al hijo en el amor de Dios, dejando la puerta abierta para que, al crecer, el niño tome su propia decisión consciente de ser bautizado. El bautismo, en esencia, es una declaración pública de una fe interna; un bebé no puede declarar una fe que aún no ha desarrollado.
Sobre la circuncisión: De la piel al corazón, El paralelo con la circuncisión
Esta discusión sobre los ritos externos nos lleva a otro tema histórico: la circuncisión. En los inicios del cristianismo, muchos creían que, al igual que el bautismo infantil hoy, la circuncisión era obligatoria para la salvación. El razonamiento era similar: "Si no cumples con este rito físico, no perteneces al pueblo de Dios".
Sin embargo, el apóstol Pablo aclaró esta confusión para siempre. La salvación no es el resultado de una operación quirúrgica ni de un rito físico en un adulto. En su carta a los Gálatas, explica que ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor alguno frente a Dios; lo que realmente importa es "una nueva creación" y la fe que actúa por el amor.
Conclusión
Ni el agua sobre la frente de un niño ni la circuncisión en el cuerpo de un adulto tienen el poder de abrir las puertas del cielo. Dios no busca marcas externas, sino una transformación interna. El Reino de Dios pertenece a los niños por su humildad y confianza, y nos pertenece a nosotros, los adultos, solo cuando decidimos acercarnos a Él con esa misma sencillez, entendiendo que la salvación es un regalo de gracia que se recibe por fe, no por el cumplimiento de rituales humanos.

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