La ansiedad no es un tema moderno. Aunque hoy se le ponga nombre, diagnóstico o tratamiento, la Biblia ya hablaba del peso del corazón angustiado, del temor al futuro y de la inquietud que roba la paz. Cambian los tiempos, cambian las circunstancias, pero el corazón humano sigue siendo el mismo.
Desde los primeros relatos bíblicos, el ser humano ha convivido con el miedo, la preocupación y la incertidumbre. La Escritura no ignora esa realidad ni la disfraza de espiritualidad. Tampoco la minimiza ni la ridiculiza. Mucho menos la condena automáticamente como falta de fe. Al contrario, la reconoce como una lucha real del alma… y nos muestra un camino para enfrentarla.
Muchos hombres de fe atravesaron la ansiedad
Muchos hombres y mujeres de la Biblia atravesaron momentos de profunda aflicción: noches sin dormir, decisiones que pesaban demasiado, amenazas reales, caminos sin salida visible. Sin embargo, en medio de la ansiedad, Dios nunca estuvo ausente. Su presencia no siempre eliminó el problema, pero sí sostuvo el corazón que se quebraba.
La ansiedad suele nacer cuando sentimos que la vida se nos escapa de las manos. Cuando el mañana pesa más que el hoy. Cuando las preguntas superan a las respuestas y la necesidad de control se vuelve una carga insoportable. La Escritura deja claro que el problema no es prever ni pensar en el futuro, sino cargar solos con aquello que nunca fuimos creados para controlar.
“La ansiedad en el corazón del hombre lo deprime…”(Proverbios 12:25)
Este versículo no intenta definir la ansiedad con términos técnicos; simplemente la describe con una precisión dolorosa. La ansiedad hunde el ánimo, roba la paz, desgasta por dentro. Dios no niega ese efecto. Lo reconoce. Y al reconocerlo, abre la puerta a la sanidad.
Jesús habló de este tema de forma directa y compasiva. Cuando dijo:
“Por tanto os digo: no os afanéis por vuestra vida…”(Mateo 6:25)
No hablaba desde una posición cómoda. Sus oyentes vivían con escasez, inseguridad y amenazas reales. Aun así, Jesús apunta al centro del problema: el afán constante por el mañana. Él no promete una vida sin dificultades, pero sí recuerda una verdad que calma el corazón:
“Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.”
La respuesta bíblica a la ansiedad no es el control, sino la confianza. No es negar la realidad, sino descansar en quién sostiene esa realidad.
Pablo también enseña cómo enfrentar la ansiedad
Más adelante, el apóstol Pablo retoma esta enseñanza desde una situación extrema. No escribe desde tranquilidad ni comodidad, sino desde una prisión. Y aun así declara:
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego…”(Filipenses 4:6)
Aquí hay una enseñanza profunda y liberadora: la ansiedad no se elimina con fuerza de voluntad, sino con oración honesta. Dios no nos pide que escondamos lo que sentimos ni que finjamos estar bien. Nos invita a llevarle todo, tal como está. La Biblia nunca presenta como modelo de fe a alguien que no siente miedo, sino a quienes, aun temiendo, se acercan a Dios con el corazón abierto.
La promesa que sigue es aún más reveladora:
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos…”
La paz de Dios no siempre cambia la situación, pero sí cambia el corazón en medio del proceso. No es una paz lógica ni fabricada. No depende de que todo esté resuelto. Es un regalo divino para corazones rendidos.
Muchos creyentes cargan una culpa silenciosa: “Si tuviera más fe, no estaría ansioso”. Pero la Biblia muestra otra realidad. David, Elías, Moisés, Jeremías… todos atravesaron momentos de temor profundo y angustia interior. Y aun así, Dios no los rechazó. Los sostuvo.
“Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.”(1 Pedro 5:7)
No dice una parte, no dice solo lo aceptable. Dice toda. Dios no se cansa de escuchar. No se sorprende por la ansiedad. No abandona al que lucha.
La ansiedad no define tu fe, pero sí revela dónde está puesta tu confianza. No es un pecado imperdonable, sino una señal de que algo está pesando demasiado sobre tus hombros. Y Dios no te pide que seas invencible; te pide que no camines solo.
Cuando la ansiedad llega, la Escritura no nos manda a huir ni a callar, sino a recordar verdades sencillas y firmes: Dios sigue en control. Dios sigue siendo fiel. Dios sigue presente.
La ansiedad puede visitarnos, pero no tiene por qué gobernarnos. La Biblia no promete una vida sin preocupaciones, pero sí una vida sostenida por un Dios que nunca duerme.
“El Señor está cerca.”(Filipenses 4:5)
Y a veces, esa es la verdad que más necesita un corazón ansioso.

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